La noción del tiempo es uno de los más extraordinarios alcances del conocimiento humano. Quizás también uno a los que con más cautela nos aproximamos. La conciencia de su finitud puede ser tan aterradora que solemos vivir evitando pensar en ello, asumiéndolo inconscientemente infinito.
Creo que la plenitud de la felicidad comienza por afrontar valientemente esta realidad ineludible y se realiza definitivamente en la gestión satisfactoria del tiempo que nos regala la vida.
Puede decirse que toda la vida de una persona se resume a cómo queda relleno este tiempo con que cuenta. De ahí deducimos que es el bien más preciado del individuo.
En gran medida es un bien trivial. No se requiere ningún esfuerzo para crear el tiempo con que contamos. Viene dado por la naturaleza.
Ininterrumpida e irreversiblemente se extiende del pasado al futuro a través del presente, como telón de fondo del escenario en que transcurren nuestras vidas.
Contar con el tiempo es necesario para realizar cualquier actividad. Pero no es suficiente. Ha de concurrir, además, la voluntad para la acción y su realización final, materializada en el propio esfuerzo. Aunque difícil de cuantificar, parece que la voluntad es requerida en diferentes magnitudes, muy dependientes de las formas de consumo de tiempo que expongo a continuación.
El tiempo se gasta básicamente en tres formas.
La primera es meramente existencial. Es cuando se deja pasar el tiempo sin realizar ninguna actividad, una condición de vida plana, sin preocupaciones de ningún tipo. En este caso apenas se requiere la voluntad, puesto que no conlleva a la realización de ningún esfuerzo considerable. Una analogía mecánica es un estado de equilibrio indiferente, como una esfera en un plano horizontal.
La segunda consiste en el ocio activo. Normalmente va acompañada del consumo de bienes que crean las condiciones necesarias para el desarrollo de las actividades de dicho estado ocioso. Se requiere cierto esfuerzo (concurrencia de voluntad) para desarrollar el proceso de consumo de dichos bienes. La analogía mecánica sería la esfera que rueda cuesta abajo y necesita energía externa para moverse.
La tercera forma de consumo del tiempo se manifiesta cuando realizamos un esfuerzo dirigido a crear bienes. Es para ello que mayor acopio de voluntad se requiere. Siguiendo la analogía mecánica, ahora la esfera se hace rodar cuesta arriba y para ello necesitamos transmitirle nuestra energía.
Esto son formas abstractas que rara vez se manifiestan puramente. Lo habitual es encontrarlas en multitud de combinaciones.
Cada combinación requerirá un determinado grado de voluntad, proporcional al esfuerzo demandado.
En dependencia de las circunstancias históricas, la voluntad expresa del individuo dirigida a realizar una determinada actividad es, o bien el resultado de una coacción externa, sea de ello conciente el individuo o no, o bien el resultado de un acto conciente del individuo, resultante de la asimilación por éste de una necesidad vital.
La realización de una voluntad naciente de una conciencia de necesidad, enmarcada a su vez en la conciencia de la finitud de nuestro tiempo, puede ser el camino hacia una volátil, pero auténtica felicidad.
El reconocimiento de la necesidad de invertir nuestro tiempo y esfuerzo en la creación de bienes ineludiblemente requeridos para la satisfacción de nuestras necesidades, dentro del conjunto de las necesidades de la sociedad, son el camino para superar el tedio del trabajo.