Distribución y posesión van de la mano, mas la primera tira de la segunda. Ambas se conjugan en acciones y efectos diferentes, aunque relacionados. Veamos.
Distribución se refiere al proceso mediante el cual los bienes quedan sujetos al proceso de reparto entre los miembros de una sociedad (acción). También puede referirse al resultado de dicho proceso, es decir a una situación final de bienes distribuidos y en posesión de los individuos (efecto). Este proceso, e implícitamente sus resultados, está normalmente regulado por la ley. Pero esta fijación es superflua, es una garantía relativamente débil, puesto que forma parte del pensamiento, de la idea establecida sobre cómo han ser las cosas, de la superestructura social, una realidad de segundo orden –aunque no menos importante y decisiva en circunstancias específicas. La esencia radica en la objetividad del proceso, en su realidad material sujeta a ser corroborada.
La posesión, por su parte, es el hecho de que el bien pueda ser utilizado por el individuo para satisfacer sus necesidades. La posesión, desde el punto de vista jurídico, es el derecho de disponer del bien. Desde el punto de vista práctico, es el propio hecho de disponer del bien (efecto), de tenerlo al alcance en espacio y tiempo –circunstancias ajenas al bien–, y en su forma adecuada –característica propia del bien–, para así llevar a cabo su consumición utilizándolo efectivamente con el fin para que fue concebido; realizar su legítima utilidad como bien con valor de uso. En medida menos amplia, por posesión puede entenderse el propio proceso de consumo del bien (acción).
Para simplificar, aglutino aquí ambos conceptos de distribución y posesión de los bienes en uno: apropiación.
Parece poder establecerse que han existido a lo largo de la historia tres formas de apropiación: violencia, intercambio y compartición (gracias a la RAE por la reciente aceptación de la definición «acción y efecto de compartir»).
A continuación presento un breve intento de concatenar estas formas de apropiación en su desarrollo histórico.
La apropiación por medio de la violencia es cuando el propietario inicial del bien es despojado de éste con el uso de la fuerza. Esto es condicionado por la disparidad de fuerzas, estando el expropiador en situación ventajosa.
Nuestra historia es dolorosa y la violencia ha sido por mucho la predominante hasta nuestros siglos. Dos motivos fueron sus limitantes. Uno es la sostenibilidad del método: si una agrupación de individuos aniquila por completo a otra agrupación para apropiarse de sus bienes, puede hacerlo soló una vez. También, si se apropia de la totalidad de sus bienes probablemente el expropiado desaparezca y ya no habrá a quien expoliar violentamente de nuevo. Esta limitación es poco amiga del progreso puesto que asimilada la lección con la astucia del expropiador, sumado a la aceptación, voluntaria o no, del expropiado, pueden establecerse relaciones de equilibrio que perduran en el tiempo. La segunda limitación es definitivamente la revolucionaria: aparece cuando el otrora perdedor se vuelve tan fuerte como el ganador. Alcanzado un nivel de igualdad con posibilidades de vencer –y de perecer– es más ventajoso entrar en otra forma de apropiación: el intercambio.
En la forma de apropiación por medio del intercambio interactúan dos partes y cada una de ellas se apropia de un bien que inicialmente no posee a cambio de la entrega voluntaria a su contraparte de otro bien del cual es propietario.
Aunque infinitamente más justa, esta forma de apropiación es menos «suculenta». Tiene que haber un motivo para realizar el intercambio de bienes, algo que los haga diferentes. Lo que los hace iguales ya es lo que hace posible el intercambio, dada la igualdad en fortaleza de las partes. Esta oposición de los bienes a intercambiar viene dada por sus distintas formas de uso, por el valor de uso de los bienes. La oposición de estas cualidades, junto a la equiparación de otra –la igualdad de sus valores– es lo que hace posible el intercambio. La propagación de esta forma de apropiación es la primera gran impulsora del desarrollo de valores éticos y morales sobre la igualdad y la justicia. Aunque llena de vicios e imperfecciones, preñada de cadenas que la atan y arrastran constantemente hacia el pasado, su aparición es una base material real de relaciones sociales más justas. Un entendimiento y reconocimiento de ello a gran escala también deviene en realidad social que se autoalimenta y desarrolla. Pero sólo en base a una idea, por grande y justa que parezca, ningún desarrollo es sostenible. La aposición de valores de uso es una contradicción demasiado débil que conlleva a un desarrollo material lento. La persistente violencia es una contradicción más poderosa que siempre busca nuevas formas de existencia. El aprovechamiento en beneficio propio de la ignorancia ajena es una forma de violencia pues constituye una actuación desde posiciones ventajosas. Muchos ejemplos de intercambio injusto debido a la ignorancia de una de las partes se dan cuando se enfrentan civilizaciones en diferentes etapas de desarrollo. Sin poder afirmar que estas historias que una vez me contaron son reales, son ilustrativas las que cuentan sobre el indígena que «voluntariamente» intercambia el oro (para él de escaso valor, pero de mucho valor para la contraparte) por el espejo del colonizador (con inversas nociones de valor para las partes). El modo de producción capitalista generaliza una forma de intercambio de apariencia justa, puesto que el proletario «voluntariamente» intercambia su fuerza de trabajo por el salario que le ofrece el representante de la clase capitalista. Este intercambio, injusto en el fondo como lo demostró Marx, ha sido al mismo tiempo pujante contradicción que ha dado un impulso sin precedentes al desarrollo de las fuerzas productivas. Este componente violento de la apropiación característico casi universalmente a la sociedad moderna parece ser el precio que tenemos que pagar por el desarrollo de que somos testigos. No me atrevo a enumerar que otros precios se han de seguir pagando ni cómo ni cuando estos anularán las ventajas que proporciona el modo actual imperante de producción. El devenir histórico lo dirá, si se sigue escribiendo la historia. Quizá juegue un papel más relevante esa incipiente realidad moral y ética de necesidad de conjugar satisfactoriamente el bienestar común e individual. Llega el momento, ante la falta de argumentos, de aferrarse al optimismo, como si de una fe religiosa se tratara, y de confiar en la implantación (o bien por fuerzas de índole material por descubrir, o bien por buena fe humana, o por ambas) de la forma más civilizada de apropiación: la compartición.
La forma de apropiación de los bienes por compartición ocurre cuando los individuos comparten de origen la propiedad sobre los bienes y ningún otro proceso media en el consumo directo de los bienes.
Limito el desarrollo sobre esta última y suprema forma de apropiación a algunos ejemplos. El clásico es el de la comunidad primitiva que posee y consume en común los escasos bienes de que dispone. Luego tenemos la propiedad común sobre muchos bienes en el seno de un hogar familiar. Las calles y parques, las playas y muchos espacios naturales también en la práctica son de uso libre (dentro de normas generalmente establecidas con válido criterio para su protección y la protección de otros usuarios). A veces se plantea que para la implantación de esta forma de apropiación es necesario alcanzar niveles de abundancia que permitan a cada cual disponer «a su antojo» de todo bien que necesite (por simple deseo o por imperiosa necesidad). Esto es realmente imposible debido a la limitación objetiva de recursos en el medio. Una universalización de este método, si es posible, tendría que estar basada en estrictos criterios de uso racional, por un lado, y de comprensión de dicha necesidad, por otro, acompañada de conciencia de justicia. Una utopía dirán muchos. Yo me limito a decir que está por verse.